
Polonia, 30 de septiembre 1939.
Veía la sensación que recorría su miraba cuando cumplía su labor, el desenfrenado arranque de ira y culpa bien disimulada, sus ojos completamente serenos y fríos, me confundía pero igual nos sentíamos intimidados y muy asustados, los ruidos, los lamentos, cubrían la atmósfera, te hacían sentir una horrible sensación, cuando él se acercaba a su objetivo junto a sus compañeros, todo se ponía en silencio, algunos lloraban otros reían, su actitud de líder hacía temblar a nuestra gente, pero no a mí, en eso me miró directamente y un frío de muerte recorrió por toda mi columna vertebral, fueron solo por 3 segundos, suficientes para comenzar a observar una tímida resignación , baje la cabeza y comencé a rezar. Él buscaba algo, se acercó y levantó su mano y uno de sus compañeros toma a un chico y se lo lleva a fuera, el asintió y sigue con la avanzada, cuando estaba cerca de mí un disparo a lo lejos le hizo tragar saliva, el lamento de la madre era desconcertante, que mala suerte es vivir en esta época pensé, continuo y sus grandes botas negras se pararon frente a mí, hizo que me levantara, pero no lo vi a los ojos, una explosión retumbo el lugar y destrozo las paredes , desperté unos minutos después con un terrible dolor en mi espalda, muchos habían muertos, lo busqué y lo vi cerca de mi mal herido, esta vez sus ojos pedían la paz pedían la muerte, tal vez por culpa o remordimiento, el comenzó a llorar, me ofreció su cuchillo y su esvástica después de desnudarlo y colocarme su uniforme, antes de escapar noté que en los bolsillos manchados de su chaqueta estaba su documentación polaca y un dije de estrella . Comprendí como sería ahora mi terrible destino.

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